Discurso del Señor Alcalde del Distrito de Castilla,
Ingeniero Luis Ramírez Ramírez con motivo del Centésimo Nonagésimo Quinto Aniversario de la Declaración de la Independencia del Perú realizada el 28 de julio de 1821

Distinguidas Autoridades; militares, políticas y académicas que nos acompañan
Señores regidores del cuerpo edilicio
Damas y caballeros:

Permitidme, en primer lugar, dejar constancia de mi sincero agradecimiento a todos ustedes por acompañarnos en esta sesión solemne, y ofrecerles mis palabras por la conmemoración el centésimo nonagésimo quinto Aniversario de la Declaración de la Independencia del Perú, en esta mañana bañada de luz y de intenso calor como fuera aquella del 28 de julio de 1821, fecha memorable en la que, históricamente, nuestro país ingresó formalmente a la vida republicana y a la que llegamos luego de cruenta etapa emancipadora, etapa ésta que no pasó inadvertida en el contexto americano y aun mundial, pues remeció las bases del imperio español, que nos tuvo bajo su sujeción por casi 300 años.

Debo comenzar diciéndoles que la causa de la Independencia del Perú no fue obra del azar o de la casualidad, como muchas veces se piensa. Es más bien fruto de un largo proceso de maduración, de un sentimiento nacido y perfeccionado en el alma colectiva del pueblo y estimulado por acontecimientos exteriores que conmovieron el régimen colonial.

Como bien ha estudiado la historiadora de raíces piuranas Ela Dumbar Temple, La Independencia del Perú no fue el empeño utópico de unos cuantos hombres ilustrados. Existen muchos acontecimientos y documentos que prueban que el afán separatista entre su joven clase dirigente existió desde mucho antes, pues había anidado en ella ya una “mentalidad revolucionaria” En ese sentido, no puede olvidarse la primera revolución en Tacna de 1811 encabezada por Francisco Antonio José de Zela, la de Huánuco, Panatahuas y Humalíes de 1812, o la revolución del Cusco de 1814 encabezada por los hermanos Ángulo. Cabe afirmar que ya estaba formada la conciencia a favor de la Independencia antes de que San Martín arribara a nuestras costas y la proclamará solemnemente el 28 de julio de 1821. Fue, por tanto, un movimiento natural, unánime e integrador, donde se unieron ciudadanos de toda condición social, cultural y económica, y en donde el clero tuvo también una participación muy decisiva.

¿Por qué se dio en el Perú la Independencia Nacional? Quizá sea ésta la pregunta que muchas veces nos hemos formulado en el pasado. La respuesta quizá la encontremos al tratar de entender más bien ¿por qué el Perú en su conjunto quería independizarse? Para dar respuesta a esta interrogante, la causa de la Independencia no solamente hay que ubicarla, como muchos de nosotros aprendimos en los años escolares, en las influencias externas, como son: la Revolución Francesa o la Independencia Norteamericana que, en el contexto universal, la precedieron años antes, o en uno de los factores internos más recurrentes como es el resentimiento u odio acumulado de los criollos frente a las tropelías de los españoles por casi tres siglos de dominación. Hoy, día a día, gana más bien crédito una visión esencial del asunto. Cuando San Martín anuncia en Lima que “el Perú es, desde ese momento, libre e independiente por la voluntad general de los pueblos…” dice una verdad que muchas veces no meditamos por la frecuente repetición memorística de hacemos de aquellas frases célebres. Señores, allí San Martín expresa en términos sencillos e inequívocos que el peruano anhela fervientemente la Independencia, que la independencia es una actitud del hombre nuestro frente a su presente y su futuro; y aquí se presenta la inexorable interrogación que ustedes y yo nos formularíamos: ¿Por qué la actitud del hombre nuestro? El hombre nuestro quiere la Independencia, porque sabe que el Perú es una comunidad humana, una Nación con estilo propio, con identidad particular. Y porque, justamente, le tiene cariño a esta Nación y porque conoce y reconoce que el Perú es su patria, quiere y busca con todas las fuerzas de su espíritu la independencia de esta realidad histórica y social; realidad que conceptúa y percibe distinta de España, del resto de los países de América y del mundo.

Por otra parte, no debemos olvidar, señores, que la Independencia de nuestro país tiene como causa auténtica la preexistencia del Perú, como una realidad anterior a la guerra y anterior al Estado. Nos referimos a ese Perú que nace en el tiempo de la colonización española, que se desarrolla en casi tres siglos de Virreinato, a ese Perú que, en el lenguaje de nuestro tiempo, siempre definimos como una comunidad mestiza, occidental y cristiana.

Es claro que en la Independencia del Perú, como en el planteamiento de su causa, intervienen un sinnúmero de factores, como: el malestar de la época ocasionado por el resentimiento de criollos y de todos los peruanos por el mando -diríamos exclusivo y excluyente- de los extranjeros; interviene también el factor de los errores cometidos por el gobierno, tanto de la Metrópoli como el de Lima; interviene asimismo la presión extranjera que en diverso orden favorece a la Independencia, etc. Todo esto es verdad. Pero la causa profunda del resentimiento está en que el hombre peruano, se siente ya –a plenitud- el “Señor de aquí” por nacimiento, por trabajo y por esfuerzo, y porque, además, –como lo dice claramente el prócer Mariano Alejo Álvarez en su discurso de incorporación al Ilustre Colegio de Abogados de Lima, publicado hacia 1820- “ese hombre siente que tiene un mejor derecho al gobierno de sus propias cosas”.

La legitimidad de la Independencia no procede de los errores ciertos de un gobierno, procede esa legitimidad del nacimiento de una Nación. Es verdad que el resentimiento u odio es un factor coadyuvante, que estimula la lucha y la guerra, pero la causa de la lucha y la guerra está en el ser del Perú y en el cariño al Perú. Y si tuviéramos que ensayar una explicación más profunda sobre la causa de la Independencia. Tendríamos que decir que ésta se halla en la vocación del Perú. ¿Cómo se entiende esto?, se preguntarán ustedes. Fácil de entender: así como la persona tiene una vocación que realizar en su vida, la Nación tiene una vocación comunitaria, un propio fin, un destino en su vida, y esa vocación y ese destino deben estar en manos de los hijos de esa nación para que ellos libremente trabajen por el perfeccionamiento de la vocación nacional. Y esto, amigos, no es retórica, ni es tampoco entusiasmo por el momento que nos congrega, es verdad profunda que no admite duda ni confusiones.

Es este, señores, el gesto que ha inmortalizado la historia de nuestra Patria, la cual se recuerda con unción cada año, ofreciendo un panorama ejemplarizador del sentimiento y opinión del pueblo peruano que vivió tan magno acontecimiento patriótico hace 195 años, y en donde dio término al sistema de dependencia colonial y declaró su suficiencia política para dirigir su propio destino. El 28 de julio de 1821 es, asimismo, una lección de unidad social y de adhesión plena a la causa sagrada de la libertad que se vivió primero en muchas provincias peruanas, como Trujillo o el mismo Piura que dio su grito libertario el 4 de enero de 1821, es decir, siete meses antes de que el generalísimo don José de San Martín proclamara solemnemente la Independencia nacional en la capital de la República.

Amigos, déjenme decirles que esta vocación nacional no ha terminado aún, hoy día debemos dar un nuevo “grito libertario” –si cabe la expresión–, “una nueva declaración de la segunda independencia”, independencia que rechaza y abomina la pobreza, el atraso cultural de nuestros pueblos, el caos social, la improvisación de nuestras acciones, la corrupción y la delincuencia que socava los más altos valores y envilece al ciudadano común. Sí, señores, en la hora presente nos toca también a nosotros nuestro momento en la historia, a ustedes y a mí también nos alcanza esta gran responsabilidad como actores de la historia actual de Castilla. Las generaciones venideras nos bendecirán o nos maldecirán por lo bueno o lo malo que les hayamos legado a nuestros hijos. Respondamos, pues, a la altura de esa responsabilidad, así como hace 195 años nuestros compatriotas lo hicieron, con gran valentía, con total decisión y con la esperanza de un destino mejor para esta tierra que Dios ha querido darnos como cuna y en la que, seguramente, algún día han de guardarse también nuestros restos. Mantengámonos, pues, alertas y trabajemos en conjunto en nuestro distrito por esos ideales que la patria nos exige, o como dirían nuestros antepasados: mantengámonos “Firmes y felices por la unión”, la grandeza del Perú debe ser la cima de nuestros caros anhelos y la meta de nuestros mayores esfuerzos. En nosotros está la decisión de lograrlo o no.

Muchas Gracias.


 

Ing. Luis Ramírez Ramírez

 


 
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